dimanche 13 novembre 2016

93- Agricultores, ¿envenenadores?

AGRICULTORES, ¿ENVENENADORES?

En abril 2015, Forum Phyto, (una asociación francesa dedicada a la protección fitosanitaria, defendiendo el acceso razonable a la química), publicaba una muy interesante defensa (en francés) de Sylvie Brunel (geógrafa y escritora, profesora en la Universidad de Paris-La Sorbona) sobre la agricultura.
El artículo había previamente sido publicado en la edición digital del diario Le Monde, bajo el título “Los agricultores no son contaminadores envenenadores”

Con el permiso de Sylvie Brunel, decidí reproducir y traducir el texto completo, y luego añadirle algunos comentarios que me parecen importantes.
El texto hace referencia a la situación en Francia, pero se puede extrapolar a numerosos otros países.


“El enojo crece en el campiñas francesas. Enfrentamientos por la prensa de Sivens, llamadas a dejar de consumir carne, denuncias contra las OGMs y del cultivo del maíz, critica de la “mala” agricultura (llamada “productivista”) por oposición al “bueno” ecológico… Los agricultores están hartos de todas esas acusaciones que escuchan sin parar.

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Para muchos urbanos, la gallina picoteando en el montón de estiércol simboliza los viejos tiempos, el Edén perdido de nuestros campos. Olvidan lo duro que era el trabajo agrícola de antaño, el envejecimiento prematuro de los campesinos, la ida de las mujeres, agotadas por las labores incesantes, todas las enfermedades ligadas a la alimentación, la dependencia y la inseguridad alimentaria. Precisamente la situación de todos los países pobres hoy.

Los agricultores franceses viven ahora más viejos que el resto de la población francesa. Después de haber sufrido de hambre y haber importado masivamente alimentos, nuestro país se ha convertido, gracias a ellos, en una gran potencia, que alimenta no solamente a sus conciudadanos, pero también a países estructuralmente importadores, donde el acceso a la alimentación garantiza la paz social.

Cada vez que una explotación agrícola desaparece, es una regresión del desarrollo sostenible. Nuestros paisajes, que seducen al mundo entero, no tienen nada “natural”, son el fruto de siglo de ordenación agraria cuidadosa, que han producido la Camarga, la marisma del Poitou, las Landas, la Bresse… Un agricultor que abandona la explotación, no solo es una gran pérdida de riquezas y de saber-hacer, también son cierres de caminos, el baldío que conquista todo, urbanizaciones y aparcamientos por todos lados, el hormigón que sustituye a la biodiversidad nutricia, el riesgo de incendios en el sur.

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El supuestamente ecológico

Los que acusan a los agricultores de ser “aprovechados” porque la agricultura necesita ayudas para poder vender sus producciones a precios bajos, escolarizan sus hijos y reciben cuidados médicos gratuitamente sin preguntarse de donde viene lo que están disfrutando, y encuentran normal que sus alimentos sean variados y de una calidad que China nos envidia, y Estados Unidos también. El militante feroz que denuncia la agricultura moderna se cambia en consumidor intransigente en cuanto su hijo va al comedor escolar, entra en un restaurante o se va de compras, exigiendo de comer bueno y barato.

La “conversión” al ecológico (término que procede del registro religioso, y no es por casualidad), en definitiva no es mejor ni para el planeta (más CO2 procediendo del control de hierbas mecánico, o al transporte, cuando el supuestamente ecológico, a menudo industrial, viene del otro lado del mundo), ni para el monedero (productos más caros por culpa de la mano de obra y de cantidades producidas generalmente más reducidas), ni para el sabor, nadie ha podido demostrar la superioridad organoléptica de los alimentos ecológicos, cuyas contaminaciones son cuidadosamente calladas y sus normas cambiando según los deseos de los organismos de control.

Además se conservan muy poco tiempo, con un desperdicio inmenso. No se trata de imitar a los jugadores de flauta que profieren ucases contra la agricultura convencional con la oposición de ejemplos de éxito, siempre cuidadosamente elegido y escasamente generalizables: el ecológico tiene su sitio en la agricultura, aunque tan solo sea porque permite a algunos agricultores conseguir mejores ingresos con su trabajo. Pero si se generaliza, Francia volverá a ser una gran importadora de alimentos (procediendo de países no ecológicos) en vez de sus excedentes agroalimentarios, que reducen el déficit de nuestro balance comercial.

Culpar a los agricultores de ser contaminadores y envenenadores, es desconocer los enormes progresos realizados en el campo. Emplear la dosis adecuada, calculada a lo más justo, en el momento adecuado, producir más con menos, nuestros agricultores se han convertido, por motivos tan medio-ambientales como económicos, campeones de la agricultura de precisión, que cualquier jardinero dominguero pisotea alegremente con su tan bueno “casero”.

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Rechazar el riego es un enfoque criminal cuando el Grupo de expertos intergubernamental sobre la evolución del clima nos avisa que el cambio climático amenaza la seguridad alimentaria mundial. Cuando hay cada vez más tierras comidas por las ciudades, la extensión de zonas verdes “protegidas” (de quién y para quién, la cuestión merece ser expuesta), almacenar el agua cuando sobra, para usarla cuando hace falta, se impone.

Visión anticuada y errónea del campo

El riego ha producido las civilizaciones las más brillantes. Y los urbanos que protestan contra los embalses son los primeros a ir para disfrutar de su biodiversidad excepcional cuando por fin existen, áreas de recreo y esparcimiento preciadas. ¿Cómo se puede hablar de despilfarro de agua, cuando Francia utiliza una ínfima parte de lo que cae del cielo para volver al mar?

Dejar de consumir carne no resolverá el hambre en el mundo. Lejos de ser redirigidas hacia los pobres y los hambrientos, los cereales así “liberados” desaparecerán ya que, en todas partes, la producción de alimentos se adapta a la demanda solvente. A falta de salida, los ganaderos, que ponen en valor las tierras poco fértiles, cerraran su actividad. Más parados en el Norte, más malnutridos en el Sur, ¿Eso es lo que queremos? También habrá que encontrar una solución para las vacas lecheras de reforma, que constituyen más de los dos tercios de la carne consumida en Francia: ¿unas residencias de mayores para vacas?

En cuanto al maíz tan injustamente criticado, si progresa en todo el mundo, y especialmente en África donde tiende a sustituir el sorgo, es que ningún otro cereal produce tanto por hectárea, ninguno captura tanto CO2, ninguno es tan polivalente y universal, alimentando tanto hambres, animales, la química verde, la necesidad de energía renovable. E incluso la biodiversidad: que los que denuncian su monocultivo (no agota los suelos), vaya a admirar las grullas comunes en los campos de maíz de las Landas. Donde la planta, al igual que por todos lados, ha permitido luchar contra la pobreza.

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¿El derecho a resembrar? Las buenas semillas son la clave de la seguridad alimentaria. Resembrar, como en África, produce escasos resultados. El campesino lo puede hacer, pero no lo desea: quiere una cosecha segura, rendimientos, ingresos. Los países pobres, que saben que tendrán que producir mil millones de toneladas de cereales de más, de aquí a cuarenta años, buscan todas las soluciones. La ingeniería genética es una de ellas. Para luchar contra las plagas, la agricultura necesita innovar permanentemente. En eso también, las luchas ideológicas no tienen su sitio.

Muchos franceses se niegan a ver la realidad y se complacen con una visión anticuada y errónea del campo. Están desmotivando el mundo agrícola. Sin embargo, sin agricultores, Francia se morirá. Dejemos de acusarlos injustamente. Escuchémoslos, respetémoslos. Tienen nuestro futuro entre sus manos. »



Es difícil, después de esto, añadir algún comentario inteligente.
Sin embargo, este artículo ha provocado varios debates animados o incluso tormentosos en las redes sociales. Los que he podido leer solo hacen referencia a una expresión “El supuestamente ecológico”.
No he hablado con Sylvie Brunel, pero mi interpretación es la siguiente:
Uno de los principales problemas de la producción ecológica es su masificación. Se ha convertido, ante todo, en un mercado, con grandes posibilidades económicas.
El ecológico, tal como se pensó en sus orígenes, y sobre todo tal como está presentado al consumidor, es un método de producción que intenta respetar a la naturaleza con el rechazo de la química. Por extensión, cualquier acción contaminante se prohíbe, o se limita.
Pero la realidad no es exactamente esa. Puedes comprar tus productos ecológicos directamente al agricultor, en el mercadillo del barrio o en una tienda especializada.
Pero la mayor parte de este mercado está ocupado por los supermercados, con sus imperativos de volumen, de conservación, de presentación, y de precio.
Existe pues, otra agricultura ecológica, a mayor escala, cuyo enfoque es el abastecimiento de esos mercados de grandes volúmenes. Es ecológico, auténtico, porque, salvo excepción, cumple a raja tabla con los protocolos, pero es ecológico “industrial”, destinado a producir masivamente, controlando costes y optimizando los problemas logísticos. El resultado es que los mayores países productores de productos ecológicos son, hoy por hoy, India, Uganda y Méjico, y los mayores desarrollos se están observando en China y en Oceanía (puede ver, sobre esto, el dosier de Arte, en francés o en alemán “El ecológico ¿para todos?” http://future.arte.tv/fr/bio-un-business )

Pues se produce cada vez más de alimentos ecológicos, pero la producción local, del pequeño agricultor, idealizado por el consumidor, ya tan solo representa una pequeña franja de esta producción. La mayor parte llega de lejos o de muy lejos, después de muchos kilómetros en camión, en barco o incluso en avión, total, por medios muy alejados de una agricultura sostenible. En el mismo tiempo, ya que numerosos inversores, oliendo la pista del negocio, han creado grandes fincas ecológicas en todo el mundo, lo ecológico se ha convertido al productivismo. No considero que sea un crimen, pero es como una mancha en un cuadro idealizado.
¿Todavía podemos hablar de ecológico?

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Entiendo que es a eso que se refiere Sylvie Brunel en su texto. No se trata de cuestionar el ecológico en sí, sino de una crítica de esa evolución discutible.

Si quieres saber más de Sylvie Brunel, puedes por ejemplo ir a http://www.wikiberal.org/wiki/Sylvie_Brunel

También puedes leer nuevamente lo que escribí sobre estos temas en varios artículos anteriores, empezando por uno de los primerísimos, llamado “metamorfosis” https://culturagriculture.blogspot.com.es/2014/01/2-metamorfosis.html

No, no lo dudes, los agricultores no son contaminadores envenenadores.