dimanche 13 novembre 2016

93- Agricultores, ¿envenenadores?

AGRICULTORES, ¿ENVENENADORES?

En abril 2015, Forum Phyto, (una asociación francesa dedicada a la protección fitosanitaria, defendiendo el acceso razonable a la química), publicaba una muy interesante defensa (en francés) de Sylvie Brunel (geógrafa y escritora, profesora en la Universidad de Paris-La Sorbona) sobre la agricultura.
El artículo había previamente sido publicado en la edición digital del diario Le Monde, bajo el título “Los agricultores no son contaminadores envenenadores”

Con el permiso de Sylvie Brunel, decidí reproducir y traducir el texto completo, y luego añadirle algunos comentarios que me parecen importantes.
El texto hace referencia a la situación en Francia, pero se puede extrapolar a numerosos otros países.


“El enojo crece en el campiñas francesas. Enfrentamientos por la prensa de Sivens, llamadas a dejar de consumir carne, denuncias contra las OGMs y del cultivo del maíz, critica de la “mala” agricultura (llamada “productivista”) por oposición al “bueno” ecológico… Los agricultores están hartos de todas esas acusaciones que escuchan sin parar.

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Para muchos urbanos, la gallina picoteando en el montón de estiércol simboliza los viejos tiempos, el Edén perdido de nuestros campos. Olvidan lo duro que era el trabajo agrícola de antaño, el envejecimiento prematuro de los campesinos, la ida de las mujeres, agotadas por las labores incesantes, todas las enfermedades ligadas a la alimentación, la dependencia y la inseguridad alimentaria. Precisamente la situación de todos los países pobres hoy.

Los agricultores franceses viven ahora más viejos que el resto de la población francesa. Después de haber sufrido de hambre y haber importado masivamente alimentos, nuestro país se ha convertido, gracias a ellos, en una gran potencia, que alimenta no solamente a sus conciudadanos, pero también a países estructuralmente importadores, donde el acceso a la alimentación garantiza la paz social.

Cada vez que una explotación agrícola desaparece, es una regresión del desarrollo sostenible. Nuestros paisajes, que seducen al mundo entero, no tienen nada “natural”, son el fruto de siglo de ordenación agraria cuidadosa, que han producido la Camarga, la marisma del Poitou, las Landas, la Bresse… Un agricultor que abandona la explotación, no solo es una gran pérdida de riquezas y de saber-hacer, también son cierres de caminos, el baldío que conquista todo, urbanizaciones y aparcamientos por todos lados, el hormigón que sustituye a la biodiversidad nutricia, el riesgo de incendios en el sur.

Imagen: https://static.panoramio.com.storage.googleapis.com/photos/original/79508943.jpg

El supuestamente ecológico

Los que acusan a los agricultores de ser “aprovechados” porque la agricultura necesita ayudas para poder vender sus producciones a precios bajos, escolarizan sus hijos y reciben cuidados médicos gratuitamente sin preguntarse de donde viene lo que están disfrutando, y encuentran normal que sus alimentos sean variados y de una calidad que China nos envidia, y Estados Unidos también. El militante feroz que denuncia la agricultura moderna se cambia en consumidor intransigente en cuanto su hijo va al comedor escolar, entra en un restaurante o se va de compras, exigiendo de comer bueno y barato.

La “conversión” al ecológico (término que procede del registro religioso, y no es por casualidad), en definitiva no es mejor ni para el planeta (más CO2 procediendo del control de hierbas mecánico, o al transporte, cuando el supuestamente ecológico, a menudo industrial, viene del otro lado del mundo), ni para el monedero (productos más caros por culpa de la mano de obra y de cantidades producidas generalmente más reducidas), ni para el sabor, nadie ha podido demostrar la superioridad organoléptica de los alimentos ecológicos, cuyas contaminaciones son cuidadosamente calladas y sus normas cambiando según los deseos de los organismos de control.

Además se conservan muy poco tiempo, con un desperdicio inmenso. No se trata de imitar a los jugadores de flauta que profieren ucases contra la agricultura convencional con la oposición de ejemplos de éxito, siempre cuidadosamente elegido y escasamente generalizables: el ecológico tiene su sitio en la agricultura, aunque tan solo sea porque permite a algunos agricultores conseguir mejores ingresos con su trabajo. Pero si se generaliza, Francia volverá a ser una gran importadora de alimentos (procediendo de países no ecológicos) en vez de sus excedentes agroalimentarios, que reducen el déficit de nuestro balance comercial.

Culpar a los agricultores de ser contaminadores y envenenadores, es desconocer los enormes progresos realizados en el campo. Emplear la dosis adecuada, calculada a lo más justo, en el momento adecuado, producir más con menos, nuestros agricultores se han convertido, por motivos tan medio-ambientales como económicos, campeones de la agricultura de precisión, que cualquier jardinero dominguero pisotea alegremente con su tan bueno “casero”.

Imagen: http://image.slidesharecdn.com/3ayral-121203032202-phpapp01/95/atelier-2-les-technologies-au-service-de-la-nutrition-des-plantes-solutions-de-diagnostic-temps-rel-laide-de-capteurs-de-fuorescence-pour-la-nutrition-des-plantes-5-638.jpg?cb=1354504957

Rechazar el riego es un enfoque criminal cuando el Grupo de expertos intergubernamental sobre la evolución del clima nos avisa que el cambio climático amenaza la seguridad alimentaria mundial. Cuando hay cada vez más tierras comidas por las ciudades, la extensión de zonas verdes “protegidas” (de quién y para quién, la cuestión merece ser expuesta), almacenar el agua cuando sobra, para usarla cuando hace falta, se impone.

Visión anticuada y errónea del campo

El riego ha producido las civilizaciones las más brillantes. Y los urbanos que protestan contra los embalses son los primeros a ir para disfrutar de su biodiversidad excepcional cuando por fin existen, áreas de recreo y esparcimiento preciadas. ¿Cómo se puede hablar de despilfarro de agua, cuando Francia utiliza una ínfima parte de lo que cae del cielo para volver al mar?

Dejar de consumir carne no resolverá el hambre en el mundo. Lejos de ser redirigidas hacia los pobres y los hambrientos, los cereales así “liberados” desaparecerán ya que, en todas partes, la producción de alimentos se adapta a la demanda solvente. A falta de salida, los ganaderos, que ponen en valor las tierras poco fértiles, cerraran su actividad. Más parados en el Norte, más malnutridos en el Sur, ¿Eso es lo que queremos? También habrá que encontrar una solución para las vacas lecheras de reforma, que constituyen más de los dos tercios de la carne consumida en Francia: ¿unas residencias de mayores para vacas?

En cuanto al maíz tan injustamente criticado, si progresa en todo el mundo, y especialmente en África donde tiende a sustituir el sorgo, es que ningún otro cereal produce tanto por hectárea, ninguno captura tanto CO2, ninguno es tan polivalente y universal, alimentando tanto hambres, animales, la química verde, la necesidad de energía renovable. E incluso la biodiversidad: que los que denuncian su monocultivo (no agota los suelos), vaya a admirar las grullas comunes en los campos de maíz de las Landas. Donde la planta, al igual que por todos lados, ha permitido luchar contra la pobreza.

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¿El derecho a resembrar? Las buenas semillas son la clave de la seguridad alimentaria. Resembrar, como en África, produce escasos resultados. El campesino lo puede hacer, pero no lo desea: quiere una cosecha segura, rendimientos, ingresos. Los países pobres, que saben que tendrán que producir mil millones de toneladas de cereales de más, de aquí a cuarenta años, buscan todas las soluciones. La ingeniería genética es una de ellas. Para luchar contra las plagas, la agricultura necesita innovar permanentemente. En eso también, las luchas ideológicas no tienen su sitio.

Muchos franceses se niegan a ver la realidad y se complacen con una visión anticuada y errónea del campo. Están desmotivando el mundo agrícola. Sin embargo, sin agricultores, Francia se morirá. Dejemos de acusarlos injustamente. Escuchémoslos, respetémoslos. Tienen nuestro futuro entre sus manos. »



Es difícil, después de esto, añadir algún comentario inteligente.
Sin embargo, este artículo ha provocado varios debates animados o incluso tormentosos en las redes sociales. Los que he podido leer solo hacen referencia a una expresión “El supuestamente ecológico”.
No he hablado con Sylvie Brunel, pero mi interpretación es la siguiente:
Uno de los principales problemas de la producción ecológica es su masificación. Se ha convertido, ante todo, en un mercado, con grandes posibilidades económicas.
El ecológico, tal como se pensó en sus orígenes, y sobre todo tal como está presentado al consumidor, es un método de producción que intenta respetar a la naturaleza con el rechazo de la química. Por extensión, cualquier acción contaminante se prohíbe, o se limita.
Pero la realidad no es exactamente esa. Puedes comprar tus productos ecológicos directamente al agricultor, en el mercadillo del barrio o en una tienda especializada.
Pero la mayor parte de este mercado está ocupado por los supermercados, con sus imperativos de volumen, de conservación, de presentación, y de precio.
Existe pues, otra agricultura ecológica, a mayor escala, cuyo enfoque es el abastecimiento de esos mercados de grandes volúmenes. Es ecológico, auténtico, porque, salvo excepción, cumple a raja tabla con los protocolos, pero es ecológico “industrial”, destinado a producir masivamente, controlando costes y optimizando los problemas logísticos. El resultado es que los mayores países productores de productos ecológicos son, hoy por hoy, India, Uganda y Méjico, y los mayores desarrollos se están observando en China y en Oceanía (puede ver, sobre esto, el dosier de Arte, en francés o en alemán “El ecológico ¿para todos?” http://future.arte.tv/fr/bio-un-business )

Pues se produce cada vez más de alimentos ecológicos, pero la producción local, del pequeño agricultor, idealizado por el consumidor, ya tan solo representa una pequeña franja de esta producción. La mayor parte llega de lejos o de muy lejos, después de muchos kilómetros en camión, en barco o incluso en avión, total, por medios muy alejados de una agricultura sostenible. En el mismo tiempo, ya que numerosos inversores, oliendo la pista del negocio, han creado grandes fincas ecológicas en todo el mundo, lo ecológico se ha convertido al productivismo. No considero que sea un crimen, pero es como una mancha en un cuadro idealizado.
¿Todavía podemos hablar de ecológico?

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Entiendo que es a eso que se refiere Sylvie Brunel en su texto. No se trata de cuestionar el ecológico en sí, sino de una crítica de esa evolución discutible.

Si quieres saber más de Sylvie Brunel, puedes por ejemplo ir a http://www.wikiberal.org/wiki/Sylvie_Brunel

También puedes leer nuevamente lo que escribí sobre estos temas en varios artículos anteriores, empezando por uno de los primerísimos, llamado “metamorfosis” https://culturagriculture.blogspot.com.es/2014/01/2-metamorfosis.html

No, no lo dudes, los agricultores no son contaminadores envenenadores.

93- Farmers, poisoners?

FARMERS, POISONERS?

In April 2015, Forum Phyto (an association devoted to phytosanitary protection, defending a reasonable access to chemistry), published a very interesting plea (in French) by Sylvie Brunel (Geographer and writer, professor at Paris-I-Sorbonne) to defend Agriculture. http://www.forumphyto.fr/2015/04/29/un-vibrant-plaidoyer-de-sylvie-brunel-pour-une-agriculture-moderne/
The original article was published on April 28 on the digital edition of the newspaper Le Monde under the title "Farmers are not polluters and poisoners"

With the authorization of Sylvie Brunel, I decided to reproduce the full text, and then add some comments that I think are important.
The text refers to the situation in France, but can be extrapolated to many other countries.


"Anger rages in the French countryside. Confrontations around the Sivens dam, calls to no longer consume meat, denunciation of GMOs and maize cultivation, criticism of the "bad" ("productivist") agriculture against the "good" organic ... Farmers can no more these charges they hear throughout the day.

Picture: http://footage.framepool.com/shotimg/qf/545148634-manure-pile-cigoc-farm-building-barn-fowl.jpg

For many urbanites, the chicken pecking on the manure pile always symbolizes the good old days, the Eden lost of our countryside. They forget the painful agricultural labor of yesterday, the premature aging of peasants, the departure of women, exhausted by ceaseless labor, all food-related illnesses, food dependence and food insecurity. Precisely the situation of all poor countries today.

French farmers now live longer than the rest of the French population. After suffering from hunger and having massively imported food, our country has become, thanks to them, a great power, which not only nourishes its fellow citizens, but also structurally importing countries, where access to food guarantees social peace.

Every time a farm disappears, sustainable development regresses. Our landscapes, which seduce the whole world, are not "natural", they are the product of centuries of careful agrarian development, which have spawned the Camargue, the Poitevin Marsh, the Landes, the Bresse ... A farmer who puts the key under the door is not only a great loss of wealth and know-how, but paths that close, the fallow that invades everything, house estates and car parks as far as the eye can see, concrete to replace the nurturing biodiversity, the risk of fire in the South.

Picture: https://static.panoramio.com.storage.googleapis.com/photos/original/79508943.jpg

The so-called organic

Those who accuse farmers of being "profiteers" because agriculture needs support in order to be able to sell its products at low prices, educate their children and receive free treatment without wondering what they are profiting from and find it normal that their foods are varied and of a quality that China envies us and United States as well. The fierce activist who denounces modern agriculture becomes an uncompromising consumer as soon as he sends his child to the canteen, pushes the door of a restaurant or goes shopping, demanding to eat good for cheap.

The "conversion" to organic - term which belongs to the religious register, and this is not a coincidence - is ultimately better neither for the planet (more CO2 linked to mechanical weeding, or transport, when the so - called organic, often industrial, comes from the end of the world), nor for the wallet - products more expensive because of the cost of labor and generally lower quantities produced - nor for taste, since nobody could prove the organoleptic superiority of organic foods, whose contamination is carefully hidden and norms are changing at the good will of ad hoc bodies.

They also preserve very short time, resulting in a huge waste. It is not a question of imitating the flute players who profess ukases against conventional agriculture by opposing to it examples of success, always carefully chosen and rarely generalizable: organic farming has its place in agriculture, if only because it allows some farmers to be better paid for their work. But let us generalize it, and France will again become a major importer of food - from non-organic countries - instead of its agri-food surpluses, which mitigate the deficit in our trade balance.

To accuse the peasants of being polluters and poisoners is to ignore the immense progress made in the countryside. Using the right dose, very well adjusted, at the right time, producing more with less, our growers have become, for environmental as well as economic reasons, aces of precision agriculture, that any Sunday gardener cheerfully offends with his so good "homemade".

Picture: http://image.slidesharecdn.com/3ayral-121203032202-phpapp01/95/atelier-2-les-technologies-au-service-de-la-nutrition-des-plantes-solutions-de-diagnostic-temps-rel-laide-de-capteurs-de-fuorescence-pour-la-nutrition-des-plantes-5-638.jpg?cb=1354504957

Refusing irrigation is a criminal approach when the Intergovernmental Panel on Climate Change warns that climate change threatens global food security. As cultivated land is increasingly nibbled by cities, the extension of "protected" networks and "green" areas - from whom and for whom the question deserves to be asked - it's imperative to store water when it abounds, to use it when the weather is dry.

Mistaken and stuck in the past vision of campaigns

Irrigation has produced the most brilliant civilizations. And these city-dwellers who rise up against the reservoirs are the first to come to observe their exceptional biodiversity when they finally exist, prized recreation and leisure areas. How dare we talk about waste of water, when France uses a so tiny part of what falls from the sky to go back to the sea?

Stopping consuming meat will not solve hunger in the world. Far from reorienting itself towards the poor and the hungry, the cereals thus "liberated" will disappear because, everywhere, food production adapts to solvent demand. In the absence of markets, breeders, who value low-fertile land, will put the key under the door. More unemployed in the north, more malnourished in the south, is that what we want? It will also be necessary to find a solution for dairy cows of reform, which constitute more than two thirds of the meat consumed in France: retirement homes for cattle?

As for corn, which is so unjustly criticized, if it progresses all over the world, and particularly in Africa, where it tends to replace sorghum, it is because no cereal produces so much per hectare, none captures as much CO2, none is so versatile and universal, nourishing at a time  humans, animals, green chemistry, and the need for renewable energy. And even biodiversity: that those who denounce its monoculture - it does not exhaust the soil - come to admire common cranes in the cornfields of the Landes. Where the plant, as everywhere else, has made possible to fight poverty.

Picture: http://footme.framepool.com/shotimg/qf/344426246-cornfield-corn-maize-common-crane-migratory-bird.jpg

The right to resow? Good seeds are the key to food security. Resow, as in Africa, exposes to meager results. The peasant can do it, but he does not want it: he wants a safe harvest, results, income. Poor countries, which know that they will have to produce one billion tons more of cereals in the forty next years, are looking for all the solutions. Genetic engineering is one of them. To fight pests, agriculture needs to constantly innovate. Here again, ideological fighting is not appropriate.

Many French people refuse to face reality and embrace a mistaken and stuck in the past vision of campaigns. They are discouraging the agricultural world. Yet, without peasants, France would die. Let us stop accusing them unjustly. Let us listen to them, let us respect them. They hold our future in their hands. "



Difficult to add an intelligent comment after that.
Yet, this article has unleashed some spicy, even stormy debates on social networks. The ones I read are actually referring to only one phrase "The so-called bio".
I did not talk about it with Sylvie Brunel, but my interpretation is this:
One of the big problems of organic is its massification. Organic is first and foremost a market with significant economic prospects.
Organic, as it was originally thought, and especially as it is presented to the consumer, is a method of production that tries to respect nature by refusing chemistry. By extension, any polluting action is banned or limited.
But reality is not quite this one. You can buy your organic products at the certified farmer's, on the market in your neighborhood or in a specialty shop.
But the bulk of this market is occupied by supermarkets, with their requirements of volume, preservation, presentation, and price.
There is therefore another organic agriculture, on a larger scale, intended to supply these markets with large volumes. It is organic, true, because, with some exception, scrupulously respects the specifications, but it is "industrial organic", intended to produce massively, controlling costs and optimizing logistical problems. The result is that the biggest organic producers countries are today India, Uganda and Mexico, and the current biggest developments are in China and Oceania (see the Arte dossier, in French or German "Organic, for everyone?" 

Thus, more and more organic food is produced, but the local organic, from the small farmer, idealized by the consumer, is by far only a minority of this production. The biggest comes from far, or from very far, after many kilometers by truck, by boat, or even by plane, in short, by means far removed from sustainable agriculture. At the same time, since many investors, sniffing the good deal, have created large organic farms around the world, organic has become productivist. I don't think it's a crime, but it's a bit messy in an idealized picture.
Can we still call it organic?

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I understand that is what Sylvie Brunel alludes to in her text. It is not a questioning of the organic in itself, rather a criticism of this questionable evolution.

If you want to know more about Sylvie Brunel, go for example on http://www.wikiberal.org/wiki/Sylvie_Brunel


You can also re-read what I have written on these subjects in several previous articles, beginning with one of the very first, entitled "metamorphosis"


No, no doubt, farmers are not polluters and poisoners.

93- Agriculteurs, empoisonneurs?

AGRICULTEURS, EMPOISONNEURS ?

En avril 2015, Forum Phyto (une association consacrée à la protection phytosanitaire, défendant l’accès raisonnable à la chimie), diffusait un très intéressant plaidoyer de Sylvie Brunel (Géographe et écrivain, professeur à Paris-I-Sorbonne) pour défendre l’agriculture. http://www.forumphyto.fr/2015/04/29/un-vibrant-plaidoyer-de-sylvie-brunel-pour-une-agriculture-moderne/
L’article avait d’abord été publié sur l’édition digitale du journal Le Monde sous le titre «Les agriculteurs ne sont pas des pollueurs empoisonneurs»

Avec l’autorisation de Sylvie Brunel, j’ai décidé de reproduire le texte complet, puis d’y ajouter certains commentaires qui me paraissent importants.
Le texte fait référence à la situation en France, mais on peut l’extrapoler à de nombreux autres pays.


« La colère gronde dans les campagnes françaises. Affrontements autour du barrage de Sivens, appels à ne plus consommer de viande, dénonciation des OGM et de la culture du maïs, critique de la «mauvaise» agriculture (dite «productiviste») contre le «bon» bio… les paysans n’en peuvent plus de toutes les accusations qu’ils entendent à longueur de journée.

Image: http://footage.framepool.com/shotimg/qf/545148634-manure-pile-cigoc-farm-building-barn-fowl.jpg

Pour beaucoup d’urbains, la poule picorant sur le tas de fumier symbolise toujours le bon vieux temps, l’Éden perdu de nos campagnes. Ils oublient la pénibilité du travail agricole d’hier, le vieillissement prématuré des paysans, le départ des femmes, épuisées par le labeur incessant, toutes les maladies liées à l’alimentation, la dépendance et l’insécurité alimentaires. Précisément la situation de tous les pays pauvres aujourd’hui.

Les agriculteurs français vivent désormais plus longtemps que le reste de la population française. Après avoir souffert de la faim et avoir importé massivement de la nourriture, notre pays est devenu, grâce à eux, une grande puissance, qui nourrit non seulement ses concitoyens, mais aussi des pays structurellement importateurs, où l’accessibilité à la nourriture garantit la paix sociale.

Chaque fois qu’une exploitation agricole disparaît, le développement durable régresse. Nos paysages, qui séduisent le monde entier, n’ont rien de «naturel», ils sont le produit de siècles d’aménagements agraires soigneux, qui ont engendré la Camargue, le marais poitevin, les Landes, la Bresse… Un paysan qui met la clé sous la porte, c’est non seulement une grande perte de richesses et de savoir-faire, mais des chemins qui se ferment, la friche qui envahit tout, les lotissements et les parkings à perte de vue, du béton pour remplacer la biodiversité nourricière, le risque d’incendie dans le midi.

Image: https://static.panoramio.com.storage.googleapis.com/photos/original/79508943.jpg

Le prétendu bio

Ceux qui accusent les paysans d’être des «profiteurs» parce que l’agriculture a besoin de soutiens pour pouvoir vendre ses productions à prix bas, scolarisent leurs enfants et se font soigner gratuitement sans se demander de quoi ils profitent et trouvent normal que leurs aliments soient variés et d’une qualité que la Chine nous envie et les Etats-Unis aussi. Le militant féroce qui dénonce l’agriculture moderne se mue en consommateur intransigeant dès qu’il met son enfant à la cantine, pousse la porte d’un restaurant ou fait ses courses, exigeant de manger bon pour pas cher.

La «conversion» au bio – terme qui relève du registre religieux, et ce n’est pas un hasard – n’est en définitive meilleure ni pour la planète (plus de CO2 lié au désherbage mécanique, ou au transport, quand le prétendu bio, souvent industriel, arrive du bout du monde), ni pour le portefeuille – des produits plus chers en raison du coût de la main-d’œuvre et de quantités produites généralement plus faibles–, ni pour le goût, personne n’ayant pu prouver la supériorité organoleptique des aliments bio, dont les contaminations sont soigneusement tues et les normes changeant au bon vouloir d’organismes ad hoc.

Ils se conservent en outre très peu de temps, d’où un gaspillage immense. Il ne s’agit pas d’imiter les joueurs de flûte qui profèrent des oukases contre l’agriculture conventionnelle en lui opposant des exemples de réussite, toujours soigneusement choisis et rarement généralisables : le bio a sa place dans l’agriculture, ne serait-ce que parce qu’il permet à certains paysans d’être mieux rémunérés pour leur travail. Mais qu’on le généralise, et la France redeviendra une grande importatrice de nourriture – en provenance de pays non bio – au lieu de ses excédents agroalimentaires, qui atténuent le déficit de notre balance commerciale.

Accuser les paysans d’être des pollueurs et des empoisonneurs, c’est méconnaître les immenses progrès accomplis dans les campagnes. Employer la bonne dose, calculée au plus juste, au bon moment, produire plus avec moins, nos producteurs sont devenus, pour des raisons autant environnementales qu’économiques, des as de l’agriculture de précision, que n’importe quel jardinier du dimanche bafoue allègrement avec son si bon «fait maison».

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Refuser l’irrigation est une démarche criminelle quand le Groupe d’experts intergouvernemental sur l’évolution du climat nous prévient que le changement climatique menace la sécurité alimentaire mondiale. Alors que les terres cultivées sont de plus en plus grignotées par les villes, l’extension des réseaux et des zones vertes «protégées» – de qui et pour qui, la question mérite d’être posée–, stocker l’eau quand elle abonde pour l’utiliser quand il fait sec s’impose.

Vision passéiste et erronée des campagnes

L’irrigation a produit les civilisations les plus brillantes. Et ces citadins qui s’insurgent contre les réservoirs sont les premiers à venir observer leur biodiversité exceptionnelle quand ils existent enfin, zones de récréation et de loisir prisées. Comment oser parler de gaspillage d’eau, quand la France utilise une infime partie de ce qui tombe du ciel pour repartir à la mer?

Cesser de consommer de la viande ne résoudra pas la faim dans le monde. Loin de se réorienter vers les pauvres et les affamés, les céréales ainsi «libérées» disparaîtront car, partout, la production de nourriture s’adapte à la demande solvable. Faute de débouchés, les éleveurs, qui valorisent les terres peu fertiles, mettront la clé sous la porte. Davantage de chômeurs au nord, de malnutris au sud, est-ce ce que nous voulons? Il faudra aussi trouver une solution pour les vaches laitières de réforme, qui constituent plus des deux tiers de la viande consommée en France : des maisons de retraite pour bovidés?

Quant au maïs si injustement décrié, s’il progresse partout dans le monde, et notamment en Afrique où il tend à remplacer le sorgho, c’est qu’aucune céréale ne produit autant à l’hectare, aucune ne capte autant de CO2, aucune n’est aussi polyvalente et universelle, nourrissant à la fois les hommes, les animaux, la chimie verte, le besoin d’énergie renouvelable. Et même la biodiversité : que ceux qui dénoncent sa monoculture – il n’épuise pas les sols – viennent admirer les grues cendrées dans les champs de maïs des Landes. Où la plante, comme partout ailleurs, a permis de lutter contre la pauvreté.

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Le droit à ressemer ? De bonnes semences sont la clé de la sécurité alimentaire. Ressemer, comme en Afrique, expose à de maigres résultats. Le paysan peut le faire, mais il ne le souhaite pas : il veut une récolte sûre, des rendements, des revenus. Les pays pauvres, qui savent qu’ils devront produire un milliard de tonnes de céréales en plus d’ici quarante ans, cherchent toutes les solutions. Le génie génétique est l’une d’elles. Pour lutter contre les ravageurs, l’agriculture a besoin d’innover en permanence. Là encore, les combats idéologiques ne sont pas de mise.

Beaucoup de Français refusent de voir la réalité en face et se bercent d’une vision passéiste et erronée des campagnes. Ils sont en train de décourager le monde agricole. Pourtant, sans paysans, la France mourra. Cessons de les accuser injustement. Ecoutons-les, respectons-les. Ils tiennent notre avenir entre leurs mains.»



Difficile d’ajouter un commentaire intelligent après cela.
Pourtant, cet article a déchainé quelques débats épicés, voire orageux sur les réseaux sociaux. Ceux que j’ai pu lire ne font en fait référence qu’à une seule expression « Le prétendu bio ».
Je n’en ai pas parlé avec Sylvie Brunel, mais mon interprétation en est la suivante :
Un des grands problèmes du bio est sa massification. Le bio est avant tout devenu un marché, avec des perspectives économiques importantes.
Le bio, tel qu’il a été pensé à l’origine, et surtout tel qu’il est présenté au consommateur, est une méthode de production qui essaye de respecter la nature en refusant la chimie. Par extension, toute action polluante est bannie ou limitée.
Mais la réalité n’est pas tout à fait celle-ci. Vous pouvez acheter vos produits bio chez l’agriculteur certifié, sur le marché de votre quartier ou dans la boutique spécialisée.
Mais la majeure partie de ce marché est occupé par les supermarchés, avec leurs impératifs de volume, de conservation, de présentation, et de prix.
Il existe donc une autre agriculture bio, à plus grande échelle, destinée à fournir ces marchés de grands volumes. C’est du bio, du vrai, car, sauf exception, il respecte scrupuleusement les cahiers des charges, mais c’est du bio « industriel », destiné à produire massivement, en contrôlant les couts et en optimisant les problèmes logistiques. Le résultat en est que les plus gros pays producteurs de produits bio sont aujourd’hui l’Inde, l’Ouganda et le Mexique, et les plus forts développements sont observés en Chine et en Océanie (voir à ce sujet le dossier Arte « Du bio pour tout le monde ? »

Donc on produit de plus en plus d’aliments bio, mais le bio local, de petit producteur, idéalisé par le consommateur, ne représente plus, de très loin, qu’une minorité de cette production. Le plus gros arrive de loin, ou de très loin, après de nombreux kilomètres en camion, en bateau, ou même en avion, bref, par des moyens très éloignés d’une agriculture durable. Dans le même temps, puisque beaucoup d’investisseurs, flairant la bonne affaire, ont créé de grosses fermes bio à travers le monde, le bio est devenu productiviste. Je ne considère pas que ce soit un crime, mais ça fait un peu désordre dans un tableau idéalisé.
Peut-on encore appeler cela du bio ?

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Je comprends que c’est à  cela que fait allusion Sylvie Brunel dans son texte. Il ne s’agit pas d’une remise en cause du bio en lui-même, plutôt une critique de cette évolution discutable.

Si vous voulez en savoir plus sur Sylvie Brunel, allez par exemple sur http://www.wikiberal.org/wiki/Sylvie_Brunel

Vous pouvez aussi relire ce que j’ai écrit sur ces sujets dans plusieurs articles antérieurs, en commençant par l’un des tout premiers, intitulé «métamorphose»,

Non, n’en doutez pas, les agriculteurs ne sont pas des pollueurs empoisonneurs.

dimanche 6 novembre 2016

92- Protección de las plantas -6- Pesticidas: la hora del té

PESTICIDAS: LA HORA DEL TÉ

Un estudio canadiense de 2014 demostraba que la mayoría de los tés de gran difusión en Canadá contenían residuos de plaguicidas, a veces numerosos.

Siendo yo mismo consumidor diario de té desde muchos años, no me dejó insensible.
Siendo yo mismo agricultor y productor de melocotones y nectarinas convencionales, muy acostumbrado al manejo de plaguicidas y a los análisis de residuos, estoy muy sensibilizado al este problema.

Imagen: http://espacebonthe.ch/wp-content/uploads/2014/09/Tasse-de-th%C3%A9.jpg

El artículo, en su versión francesa, presenta la tabla de los resultados, pero sin referencia legal. Así que decidí verificar como se sitúan esos resultados con respecto a las normas vigentes, tanto en Canadá como en Europa (dando por hecho que la situación del té en Europa es probablemente parecida).

A continuación encontraras el resultado de mis investigaciones personales.
Puedes buscar la normalización canadiense en la página http://pr-rp.hc-sc.gc.ca/mrl-lrm/index-eng.php
Puedes también comprobar esos resultados en la página especifica europea
En esta tabla, he tomado la libertad de indicar el nivel de umbral de determinación para las moléculas que no tienen autorización en el té, y para las moléculas que no aparecen en la lista.
  


Hay que notar que la legislación europea considera que cualquier producto no autorizado en el cultivo queda prohibido. Sin embargo, un nivel mínimo de residuo queda tolerado en el umbral de determinación (es decir en el nivel más bajo que permite afirmar con certeza de que molécula se trata), con el fin de cubrir los caos de importación, ya que esas moléculas pueden estar autorizadas en países no comunitarios.
Sin embargo, con respecto a los productos que no aparecen en las listas, su residuo, incluso a nivel de trazas (es decir por debajo del umbral de determinación) está prohibido.
No he encontrado información sobre lo que considera la legislación canadiense para las moléculas cuyos umbrales no se han fijado, o que no aparecen en las listas. Asía que he empleado el mismo criterio.

¡Vaya sorpresa! El artículo tiene razón. Es cierto, con esas mediciones, que los tés presentados no cumplen con la legislación canadiense, y menos aún con la legislación europea.
Es un resultado muy sorprendente para quién, como es mi caso, es acostumbrado a manejar de manera permanente normas cada vez más numerosas, más exigentes y más controladas.

Imagen: http://cdnimg.in/wp-content/uploads/2015/08/6cherryteagardenchina.jpg?cfaea8

Personalmente, saco algunas conclusiones, o mejor dicho algunas reflexiones poco agradables:
Los fabricantes de té parecen preocuparse poco de la obligación teórica de cumplir con las normas, tanto del país de origen del producto, como del país de destino.
Esta obligación está muy controlada para los productos frescos, y es una preocupación cuotidiana para los agricultores, al menos los que conozco, los agricultores europeos.
El número y la dureza de las normas, en Europa, es en parte responsable de la grave crisis que atraviesa su agricultura.

Las administraciones encargadas de hacer cumplir las normas parecen tener serias lagunas en los procedimientos de control de los productos importados. Esos tés nunca deberían haber llegado hasta el consumidor.
Tienes que saber que en Europa, un producto cuyos residuos sobrepasan la norma vigente ni siquiera puede circular por carretera. O sea que el agricultor cuya producción no cumple con esas normas, ni siquiera puede mandarla desde su finca hasta el almacén donde se preparan para la expedición y la venta. Se considera contaminada y debe ser gestionada por una empresa especializada en el tratamiento de residuos tóxicos.

No creo que exista un riesgo sanitario con esos tés, pero si existe una legislación vigente, debe ser cumplida por todos. Si no es así, no sirve para nada.

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¿Cómo puede ser que tés no conformes de marcas de renombre hayan podido franquear todas las etapas de control sin problema, y terminar en la tienda de la manera la más normal?

¿De qué sirven tantas normas que azotan los productores occidentales, si los productos de importación no están sometidos a las mismas reglas?

También es muy sorprendente observar que algunos tés presentan numerosos residuos que no aparecen en la legislación canadiense.

Saco también otra conclusión, que solo viene reforzar mi opinión, que ya he contado y repetido en varias ocasiones: por mucho que digan algunos grupos cuyos objetivos son opacos, la agricultura europea es la más respetuosa del mundo, y por consecuencia la más sana. ¿Quedan progresos que hacer? Sin lugar a dudas, y se hacen día tras día.
Pero tal vez sería bueno dejar de criticar tanto la agricultura europea, lo que se empeñan en hacer los medias en esos últimos años, cuando si existen problemas serios, es probable que vengan principalmente de productos de importación.

En referencia a la legislación europea, solo dos tés serían conformes y en consecuencia posibles de comercializar, es decir tés que no presentan ningún residuo por encima del 100% de la norma vigente.

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No conozco el cultivo del té, y no conozco sus problemas fitosanitarios, sin embargo estoy muy sorprendido que una misma muestra pueda contener más de 10 plaguicidas. Solo veo tres explicaciones posibles: o la región de producción es extremadamente sensible a un gran número de problema fitosanitarios, o el agricultor no toma las más elementales precauciones a la hora de usar plaguicidas, o el té es el resultado de una mezcla de tés de varios orígenes, y la consecuencia de una mezcla de plaguicidas.
Si miramos los tés más cargados de residuos con una mirada técnica, vemos que la única explicación posible es que sean mezclas. Es que no encuentro ninguna justificación válida, aun sin conocer el cultivo, para explicar la presencia, en una misma muestra, de varios piretrinas (bifentrina, cipermetrina, deltametrina, fenpropatrina, lambda-cihalotrin), de varios neonicotinoides (acetamiprid, imidacloprid, tiacloprid, tiametoxam) o tambien dtambiéns acaricidas (clofentezina, dicofol, piridaben, fenazaquin, fenpiroximato, hexitiazox, propargita).

Pero es increíble que se pueda llegar a esta situación en productos de gran consumo.


También puede uno preguntarse, viendo las diferencias de registro de plaguicidas para un único producto como el té, si puede presentar algún tipo de problema, en una situación de libre comercio como es el CETA, recientemente firmado en la Unión Europea y Canadá.

Dicho eso, ya la vista de los resultados preocupantes de esta investigación, quizás sería interesante hacer el mismo trabajo aquí en Europa.

La producción europea de alimentos es extremadamente controlada. Es un problema para los agricultores pero es un bien general.

Quizás la Unión Europea debería tomar las medidas necesarias para que su propia agricultura no quede aún más perjudicada por la importación de productos extracomunitarios que no cumplen con sus legislaciones.

Tendría la doble ventaja de proteger su propia agricultura, evitando que investigaciones de asociaciones de consumidores detecten serio fallos en los sistemas de control sanitario.

Sería una ventaja en credibilidad de la agricultura y en credibilidad de las instituciones.

¿No tomarías un té?

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